Nicolás Cuevas P.(*)

https://www.flickr.com/photos/gonzaloatenas/

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El arte público en el transcurso de los últimos decenios se ha tornado como una herramienta incipiente e indispensable para el desarrollo de todas las áreas sociales en las diferentes comunidades que han decidido adoptar y desarrollar este método para el funcionamiento y reconocimiento del espacio colectivo, entendiendo que es el lugar físico donde se desenvuelven los diversos actores sociales en mutuo trabajo.

De tal modo, resulta interesante y adecuado elaborar tales herramientas que unan los lazos sociales con la intención de cohesionar a las personas desde sus propias capacidades y entornos de convivencia, rescatando elementos distintivos o particulares que se ejecutan en el sector, fomentar su desarrollo y construir plataformas sustentables e identitarias para solventar las corrientes institucionales, burocráticas o sistemáticas que presionan los espacios comunes o públicos en la actualidad. A su vez, integrar instrumentos tecnológicos que forman parte de la configuración medial y percepción de la realidad que afecta o se despliega en el ambiente.

El entramado societal actual necesita de formas alternativas para su funcionamiento, tomando en cuenta las nuevas tecno-comunicaciones y ejercicio político institucional reflejado en crisis de representatividad y moldes estructurales orgánicos inadecuados a los desarrollos temporales, pues las macro estructuras económicas dominan todo el espectro humano, es decir, un sistema en torno al capital, por lo tanto, todas las manifestaciones humanas de crecimiento claudican a favor de los determinados mercados. Por ejemplo, la cultura al responder a patrones globales es uniforme, permitiendo una masividad direccionada automáticamente por el sistema comercial para su consumo y representación, con el fin de volver una red de significados en un negocio rentable y sustentable a través de las masas, medios de comunicación y manifestaciones artísticas prostituidas para y por la industria, sin responder a las exigencias, ni necesidades humanas de hoy en día.

 Por ende, se torna urgente aliviar las carencias culturales y artísticas desde las mismas bases vulneradas, violadas y olvidadas por las grandes cúpulas de poder (político y económico). Aquellos sectores marginales presentan una riqueza simbólica, cualidades culturales, concepción respetuosa y responsable hacia el espacio común, diferencias sustanciales que hacen atractiva la participación e inmersión de agentes artísticos-culturales en estos lugares. Además, son nichos para desenvolver elementos sociopolíticos con la finalidad de suplir las falencias estructurales que afectan una eficaz implementación y desarrollo de los derechos humanos.

 A su vez, las instituciones no han solucionado de raíz las disyuntivas de exclusión, pues no basta con la caridad, ni subvención estatal para superar los profundos problemas sociales vinculados a la pobreza como narcotráfico, prostitución, analfabetismo, escasez laboral, marginación e ignorancia cultural (transversal en todos los ejes humanos). Por lo tanto, es pertinente una construcción paralela, alternativa y viable por los mismos integrantes sociales a través de redes artísticas e históricas, en coordinación recíproca para sostener un motor social importante a la hora de llevar a cabo un proceso que involucre a todos los entes con la intención y el objetivo de mejorar la calidad de vida de los participantes y colaboradores.

Para hacer hincapié sobre la responsabilidad de realizar cambios desde las mismas organizaciones es adecuado mencionar el documento de Corinne Johnson Arte como transformación social[1] (2006) que señala: “Actividades culturales y artísticas son muchas veces el resultado del trabajo de una organización que tiene sus raíces en la sociedad civil o en las comunidades. La sociedad civil es como una red de organizaciones e instituciones que tienen la capacidad de organizar y emplear en la vida pública y tienen una voz en procesos de decisiones. El resultado es por una parte crear normas y valores, (La Casa Amarilla p.ej. quiere mostrar que hay una igualdad cultural entre latinoamericanos y catalanes) esos vinculan comunidades, y crea enlaces entre diferentes grupos en la sociedad algo que se puede llamar unidad. Cuánto más alto es el nivel de la unidad es, más probabilidades hay de que la sociedad sea más pacífica. La sociedad civil tiene también un rol importante en el proceso de iniciativas y movimientos sociales” (p.9). Pero estás orgánicas de base requieren apoyo interno y externo, por lo cual urge la colaboración de entes culturales, sean activistas artísticos, integrantes de la comunidad, financiamiento de ONGs, empresas u instituciones gubernamentales. Llevar a cabo tales tareas requiere recursos monetarios y humanos, pues al desarrollar las herramientas para y con las personas, los resultados y objetivos son un aspecto complementario y no la finalidad neta de los programas o proyectos a ejecutar.

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Mural comunitario-Comuna de El Monte.

Por otro lado, es pertinente el público específico para entablar las redes de cooperación, obviamente la actividad busca una cohesión etaria transversal, pero no se van a conseguir los mismos resultados trabajando con ancianos que con juventudes, pues en ellos está el futuro, energía, movimiento para desenvolver y mantener el progreso del arte público en su comunidad.  Al respecto, el texto Arte como transformación social (2006) explica:

“Si se da una oportunidad a los jóvenes de expresarse, ellos van a dar las respuestas. Hay mucho potencial, la generación de jóvenes hoy, a pesar de las desigualdades son más conscientes del mundo actual, de la política y los conflictos que las generaciones anteriores, viven la multiculturalidad y hay más fuentes de información que antes. Las mentes y las actitudes de los niños y adolescentes están todavía formándose, absorben información y conocimientos, necesitan por su propio bien y por poder participar más en el desarrollo de su país acceso a información y servicios.” (p.11).

En tanto, el Arte Público no sólo representa una herramienta y plataforma para solventar los golpes sociales, sino es un instrumento para desarrollar el Activismo Político, pues como indica Yayo Aznar y María Íñigo en Arte, política y activismo (2007): “El arte público puede ser un medio razonablemente efectivo de contribuir al crecimiento de la cultura democrática sobre todo si rescatamos el término “público” de las despolitizaciones conservadoras definiendo el espacio público, la llamada “esfera pública”, como una arena de actividad política y redefiniendo el arte que en él se hace como un arte que participa en o crea por sí mismo un espacio político, es decir, un espacio en el que asumimos identidades y compromisos” (p.65). Manifestación artística-político-cultural para luchar contra desigualdades sociales, asimismo a través de la organización de base desplegar redes para contrarrestar las dificultades que atacan a los sectores desprotegidos y marginales. De tal modo, construir una estructura capaz de remediar tales problemáticas, representando y defendiendo los intereses de la localidad. Pues permite la construcción del espacio común en entornos que presentan condiciones y sentidos similares, símbolos y significados compartidos, el documento Arte, política y activismo expone:

 

El arte activista es un arte de naturaleza pública y colectiva. Es decir, por un lado está empeñado en producir esfera públicay, por otro, en activar en ella una construcción de consensossin la cual la esfera pública carecería de sentido y de eficacia política porque no se construiría en ella una comunidad” (p.70).

Por lo tanto, su desarrollo transciende las márgenes artísticos e implementa un proceso político desde y para las mismas bases orgánicas, que han visto afectada y desorientada su propia construcción por la penetración de concepciones neoliberales en diferentes ámbitos y conductas cotidianas, por ejemplo, las formas de interacción, consumo o hábitos culturales.

El arte público como movimiento político otorga elementos de unión y participación, equilibrando fuerzas políticas y sociales para beneficios solidarios, bajo el alero de la coordinación y colaboración, utilizando los escenarios democráticos:

“Entendemos por arte activista una forma de arte político que se mueve en un territorio intermedio entre el activismo político y social, la organización comunitaria y el arte. El activismo social, basado en la famosa idea de Nancy Fraser de que existe aún mucho que objetar a nuestra democracia realmente existente, ha emergido como una fuerza democrática compensatoria inspirada por la idea de los derechos. Con el objetivo, como ha señalado Rosalyn Deutsche, de conseguir reconocimiento para las particularidades colectivas marginadas, estos nuevos movimientos defienden y extienden derechos adquiridos, pero también propagan la exigencia de nuevos derechos basados en necesidades diferenciadas y contingentes. A diferencia de las libertades puramente abstractas no eluden tomar en consideración las condiciones sociales de existencia de quienes los reclaman. Y lo que es más, tales nuevos movimientos, al tiempo que cuestionan el ejercicio del poder gubernamental y corporativo en las democracias liberales, se desan de los principios que han informado los proyectos políticos tradicionales de la izquierda porque se distancian de las soluciones globalizadoras y rechazan ser dirigidos por unos partidos políticos que se proclaman representantes de los intereses sociales del pueblo (p.67).

Por lo cual, busca desplegar un sentido autónomo e independiente a las corrientes políticas clásicas.

"Museo a Cielo Abierto" -  San Miguel.

“Museo a Cielo Abierto” – San Miguel.

Para finalizar, surge indispensable ejecutar y ser parte directa de las actividades de arte público acorde a la realidad nacional, regional y mundial, para solucionar de manera concreta las grandes dificultades que arremeten a las sociedades modernas y sobre todo a Latinoamérica. Por ende, es una responsabilidad transversal que involucra a todos los entes sociales, políticos y económicos, sin exclusión, con la intención de integrar comunidades desde su núcleo. Lucy Lippard en Mirando alrededor: dónde estamos y dónde podríamos estar  (2001) expresa:

«No existe razón alguna para cortar los lazos que vinculan a este arte con su hogar en la comunidad, que en el peor de los casos le constriñen y regulan y en el mejor comparten sus intereses, ofreciéndole apoyo y una crítica responsable. Bien al contrario, la tarea ha de ser multiplicar los vínculos que lo conectan con comunidades y públicos participativos y con otros artistas “marginados”, de modo que la idea del arte pase a ser por fin parte del centro: no de un centro elitista escondido de la visión pública, sino de un centro accesible en el que los y las participantes sean atraídas desde todos los frentes del arte y de la vida» (p.67).

El Arte Público por su labor activista resulta como una alternativa atractiva para el desarrollo cultural y político, satisfaciendo las necesidades básicas a través de un entorno común para ejecutar las herramientas de cambio por los mismos ciudadanos.


[1] Johnson, Corinne. Arte como transformación social, IS Barcelona. La Casa Amarilla. 2006