“My body is a cage that keeps me
From dancing with the one I love
But my mind holds the key…

…I’m living in an age
That calls darkness light
Though my language is dead
Still the shapes fill my head…”

(Arcade Fire, My body is a cage)

“PENSAR EL CUERPO ES PENSAR EL MUNDO”

Por Pedro Salinas Quintana[1].

Introducción:

Para el Antropólogo francés David Le Breton, el “bricolage simbólico” provisto por el exceso de conocimiento y de servicios a disposición del individuo, ha provocado una cierta “maleabilidad del sí mismo”, donde la plasticidad del cuerpo se volvió un discurso que encontró ciertas solidaridades teóricas con otras propuestas contemporáneas. La anatomía, en este sentido, al igual que el resto de los productos generados en la era del Capitalismo Cultural, parece también ahora sometida al régimen del design, a la intervención y a la manipulación estética, ya sea por extensión, implantación o disminución de sus fronteras, formas y posibilidades.

El cuerpo, de este modo, se ha transformado en lugar propicio para la escenificación de sendas problemáticas contemporáneas tales como ‘el triunfo de la estética sobre el arte’ como denuncia Michaud[2], en un mundo en que el arte adquiere un rol de vasallaje ante una belleza estetizante que lo impregna todo por medio de la técnica, la biocultura, la publicidad y los medios de comunicación de masas. Pero junto con esto, el cuerpo aparece como el lugar de despliegue de una cierta idea de soberanía depotenciada, una soberanía reducida y marginada en los límites de la propia piel.

Como quiera que sea, a todas luces ‘el problema del cuerpo’ como lo signa Danto se nos propone, desde ciertas expresiones de arte contemporáneo, como una representación provisional y efímera de la obsolescencia, la crisis y el agotamiento pregonado desde el momento de derrumbe de la metafísica y la anulación de la brecha entre lo sensible y lo suprasensible como lo previó Hegel.

Desde esta perspectiva, el cuerpo parece limitado en su posibilidad de articular un relato de retorno y, acaso, como lo plantea Stelarc, nuestra generación ha de atestiguar la definitiva obsolescencia del cuerpo. Pero si bien es cierto que lo que nos convoca en esta ocasión es pensar el cuerpo y su modificación en relación con ciertas prácticas artísticas, “pensar el cuerpo, es también pensar el mundo”, como señala Le Breton. Es desde este autor y de las posibilidades de reflexión que nos propone el lugar de donde damos partida a este escrito.

 

David Le breton


El cuerpo, su modificación y la modulación de la experiencia:

“En nuestras sociedades contemporáneas, el cuerpo no es únicamente la asignación de una identidad intangible, la encarnación irreductible del sujeto, su ser-en-el-mundo; interpretado como una construcción, un elemento de conexión, una terminal, un objeto transitorio y manipulable susceptible de numerosos acoplamientos, el cuerpo no es ya una identidad en si mismo, destino de la persona: se ha convertido en un kit, una suma de partes eventualmente separables y puestas a disposición del individuo…El Cuerpo es hoy un alter ego, un doble, otro sí mismo, pero disponible para todas las modificaciones, prueba radical y modulable de la existencia personal y exhibidor de una identidad provisional o permanentemente elegida”[3]

A los moduladores del estado de ánimo, como se les llama en la jerga psiquiátrica, a los antidepresivos y sus derivados, se suman ahora los tratamiento hormonales postmenopáusicos, las proteínas que incrementan la masa corporal, las cirugías plásticas y reconstructivas que logran modificar radicalmente la apariencia, los piercing, los tatuajes y los injertos de diversa de índole, que imprimen marcas y huellas en la piel. A las puertas, la genética y la posibilidad de modificar al individuo en su constitución no solo corporal, sino a nivel de sistema nervioso central (Kàc). Arte transgénico, el Bio-Art, el Sci-Art, el arte post-humano.

También lo que he denominando como el cuerpo extenso-diseminado, donde el ordenador, el terminal, el chip, el disco duro externo, serán en algún momento integrados a una experiencia de corporalidad simultánea, como soportes de experiencia y medios para incrementar el rendimiento de un ‘si-mismo’ dispersado en una cadena de significantes. En definitiva, el fin de un relato en torno el cuerpo, tal y como hasta ahora se había conocido, ya sea la colonización del cuerpo por la técnica, el advenimiento del cuerpo hibrido, la figura del Cyborg o, simplemente, el fin del relato de lo humano.

“El cuerpo es el soporte de geometría variable, de una identidad elegida y siempre revocable, una proclamación momentánea de sí mismo. Si no se pueden cambiar las condiciones de existencia, se puede al menos, cambiar el cuerpo de múltiples maneras.”[4]

El cuerpo, sostiene Le Breton, se ha vuelto “la prótesis de un Yo” en eterna búsqueda de una encarnación provisional que asegure un rastro significativo de sí, “innumerables declinaciones de sí mismo en el follaje diferencial del cuerpo; multiplicación de las escenificaciones para sobresignificar su presencia…identidad presencial y efímera para sí mismo y para un momento del ambiente social” [5]

Advertimos como fenómeno de los tiempos, como ese ‘sí mismo’ que ya a Goethe le parecía mas bien resultado de una superstición religiosa, una pretensión de sustancialidad trascendente, hoy y probablemente más que nunca antes en la historia de la humanidad, se ha vuelto un performance efímero, “un manierismo desencantado en un mundo sin maneras” como señala Baudrillard. La interioridad del sujeto se traduce en un esfuerzo constante de exterioridad, pero para quedar reducido a su superficie.En particular, sostiene Le Breton, con la cirugía estética se vive un desarrollo considerable en la acentuación de la “maleabilidad del cuerpo”.

“Su transformación en objeto moldeable se traduce desde el inicio en catálogos que los cirujanos colocan en la sala de espera o que muestran a sus clientes para ilustrar una propuesta precisa”.

Pese a lo no implícita de la observación, también desde acá se puede pensar el cuerpo como lugar de residencia principal del ‘malestar en la cultura’ freudiano[6], propiciado entre otras cosas, por la acción implacable del mercado y la publicidad, quien administra los destinos del deseo, ya sea en forma de bienes, de belleza y de consumo bajo una notable habilidad para captar las producciones simbólicas de la cultura y devolverlas en forma de signo-mercancía para ser consumidas bajo una necesidad investida de un ‘algo’ que creemos propio.

Para Le Breton, en la plasticidad de la experiencia del cuerpo, estaría operando una forma de reducir la distancia entre y sí mismo, así como entre un je y un moi. La cirugía estética, que usualmente, resultan el recurso de individuos en crisis, que Le Breton entiende como el medio de “cortar de tajo con la orientación de su existencia”[7], pero que también operaría como forma de anular el anudamiento entre identidad psíquica e identidad somática, o al menos perturbarla, generando una tachadura en la traza de la narrativa personal mediante la alteración de la visualidad del propio cuerpo, “como posibilidad de modificar dialécticamente la mirada sobre sí del sí mismo y de los otros”.[8]

Marcas Corporales: sentido y existencia.

 “Lo más profundo es la piel” (Paul Valèry)

A contar de los años setenta, el punk, en su deseo de ridiculizar las convenciones sociales comienzan a intervenir ya no sólo la apariencia mediante el uso de una estética o un design corporal que para su tiempo resultaba del todo transgresivo, extravagante e incluso violento, sino que además comienzan a alterar el propio cuerpo mediante perforaciones con alfileres o utilizando de manera cínica símbolos religiosos u otros objetos heteróclitos.

“El odio hacia lo social se convierte en un odio hacia el cuerpo, que simboliza justamente la relación obligada hacia el otro. A la inversa de una afirmación estética, importa expresar una disidencia brutal con la sociedad londinense y, enseguida, la británica. El cuerpo es superficie de proyección cuya alteración ridiculizante testimonia el rechazo radical que hace cierta juventud de sus condiciones de existencia” [9]

Al respecto, desde mi práctica clínica, he observado con frecuencia esta práctica y no comulgo del todo con Le Breton  en el sentido de que las marcas corporales operen siempre como un “odio hacia el propio cuerpo”. Cierto es, que en ocasiones puede ser una expresión de subvertir el desajuste con la propia imagen corporal o con su ideal, o una suerte de derrotero de la propia imagen fracturada. El psicoanalista Otto Kernberg, por ejemplo, connota la marca corporal inflingida con cierto grado de dolor y autoperversión (sobre todo en adolescentes) como la expresión sintomática de un ambiente que se percibe como incontrolable, impredecible o intolerable, donde lo único que queda, es tomar control de aquello que aparece como el único lugar donde ejercer una libertad pervertida por el dolor, ya sea mediante la automutilación y cierta dosis de sufrimiento autoinflingido[10].

Pero, podemos pensar entonces el problema desde lo intrapsíquico, o bien podemos pensar el cuerpo como un lugar donde opera con fuerza inusitada, “la cadena de valor” del mercado donde la exigencia es la singularidad y la exclusividad del cuerpo-mercancía, para a re-significarse bajo una especie de customización del yo y su deseo.

Le Breton, al respecto, señala como las marcas corporales, cambian radicalmente su estatus para ser absorbidas por la moda, el deporte, la cultura naciente y múltiple en la que todo se diversifica en una búsqueda de un carácter diferenciador: tatuaje, piercing, branding (dibujo o signo marcado sobre la piel con hierro al rojo vivo o láser), escarificación, laceración, fabricación de cicatrices en relieve, streetching (agrandamiento de las performaciones del piercing), implantes subcutáneos, etc. En este sentido problematizar la identidad y sus mecanismos (des)desfinitorios, así como la escenificación de su pérdida, desde las nociones de soberanía y (re)apropiación del cuerpo, podrían resultar dos de los conceptos cruciales presentes en las prácticas artísticas que utilizan la modificación corporal para pensar el cuerpo como vía de expresión artística.

Tal como muchos otros teóricos, ante ciertos ejercicios estéticos que pueden resultar extremos  o transgresivos en tanto se alejan del paradigma mimético kantiano, Le Breton se pregunta su acaso hay un dejo primitivo-ritual en todo esto. Para Le Breton, ciertamente que sí, sin embargo, lo interesante es advertir como con el tatuaje, a modo de ejemplo, tradicionalmente asociado a la ‘primitividad’ de quienes lo portaban o a alguna forma de delincuencia o disidencia de los valores tradicionales, posteriormente, cambiará su estatus con el “manifiesto” de los ‘Modern Primitives’, de Fakir Musafar (nacido en 1930) – forjador del movimiento y personaje emblemático de las relaciones del extremo contemporáneo con el cuerpo[11], quien desde los doce años experimentó transformaciones mediante la automutilación, la perforación y la experiencia del dolor corporal autoinfligido, resignificando la experiencia de mutilación, como una de tipo espiritual.

Fakir Musafar

«La negatividad del dolor existe únicamente para aquellos que carecen de preparación. Si usted está suficientemente entrenado, si tiene el conocimiento y la practica, puede evitarlo o transformarlo en lo que quiera…Es lo que yo hago cuando me cuelgo de la piel con ganchos. La gente dice “esto debe doler terriblemente”. Yo respondo: “no: es extático, es bello»[12]

Para Le Breton, sin embargo, Fakir Musafar es un ejemplo estremecedor de este “primitivismo moderno”, suerte de collage de prácticas y de rituales “descontextualizados  que están lejos de su escenificación cultural originaria”. En el caso del tatuaje, ciertamente y desde la perspectiva antropológica, siempre ha tenido un valor identitario, que expresa y permite la integración social, la pertenencia a un grupo, clan o linaje particular[13], o que sirve como depositario de una cierta narrativa personal-colectiva, tal como en el film “Promesas del Este” de David Cronenberg, ejercicio cinematográfico organizado en torno a la marca corporal, que significa y expresa una función social, al tiempo que indica un estatus, una historia, un pasado y una alianza que  se actualiza por la pervivencia del rito.

Por lo mismo, no comparto el que el tatuaje o la marca corporal, se asuman como una práctica histórica descontextualizada. Muy por el contrario, y en concordancia con José Jiménez, me parece que lo interesante de las expresiones que trabajan desde y con el cuerpo y de modo muy particular, desde el movimiento ‘Fluxus’ en adelante, es la “recuperación del valor del cuerpo como soporte de representaciones estéticas que, desde luego, se había olvidado durante siglos en la historia del arte de occidente”.[14]

Le Breton, concluye que las marcas corporales, ahora suelen entrar en un secretismo radical, donde el “primitivismo moderno”, puede integrar al techno-hard-core y el dance-music industrial, junto con los fetichistas del bondage y los artistas de performance que integran una estética biomecánica, como en el caso de Stelarc, “tecnicización metafórica del cuerpo: circuitos electrónicos, chips, máquinas cibernéticas, formas geométricas e incluso dibujos monstruosos de la cibercultura…y los video juegos”[15] . Desde la perspectiva del autor, el estilo tribal y el biomecánico, se funden y confunden en cualquier mixtura posible de intercambio de signos, donde solo queda la función significante, desprovista de cualquier connotación de sentido a excepción de la representación de dicha falta.

Desde acá, podríamos decir que la marca tegumentaria, en su dimensión óntica, también admite la posibilidad de operar a modo de una reauratización y una reapropiación del cuerpo (o de sus fronteras), experimentado como una relación de distancia-cercanía, en un mundo que se esfuma pero que es factible de ser inscrito físicamente en la piel.

“En ella (la piel) se toma posesión de sí, se marca un límite (de sentido y de hecho), un signo que restituye al sujeto el sentimiento de su soberanía personal…una línea simbólica dibujada en la piel que fija un límite en la búsqueda de significación y de identidad”[16]

Al parecer, ahora es solo en el cuerpo donde nos he dado ejercer una soberanía sin limites, como resto remanente de un poder percibido como perdido o expropiado donde la persona, funciona también ahora como una suerte de dispositivo de intercambio en tanto que al mismo tiempo que cree apropiarse de una cierta gama de experiencias, bienes o utensilios, al mismo tiempo, es vaciado y despojado tal experiencia de bienestar efímero y tipificado, que anteriormente parecía resguardado, al menos, por una imagen estable, recuerdo significativo y personal.

 

Stelarc y el cuerpo ‘suspendido’

En un modo similar a Fakir Musafar, el artista plástico chipriota-austaliano de nombre Stelious Arcadious, comienzó su trabajo con una serie denominada “suspensiones” (1971,) donde colgando su cuerpo de cuerdas, ganchos y arneses, radicalizaba su propuesta del “cuerpo obsoleto”.

Utilizando ganchos incrustados en la propia piel, la operación requería de entre 14 a 18 perforaciones y alrededor de 40 minutos en promedio sin recursos analgésico alguno, el artista, merced de la resistencia y la elasticidad de su piel, permanecía suspendido por horas, a la orilla del mar, en un bodega abandonada o al interior de un museo.

En Event for Rock Suspension (Japón, 1980) Stelarc flota en el espacio, contrabalanceado por una pesada piedra. En Seaside Suspension (1981) “es colgado por encima de las olas, barrido por el viento y las salpicaduras del mar”. En City Suspension, es atado a una grúa para describir grandes círculos en el espacio.

“Stelarc radicaliza la obsolescencia del cuerpo, su abandono de la especie y su insignificancia frente a las tecnologías actuales. Para Stelarc, como para muchos otros contemporáneos, el cuerpo es una especie de caparazón anacrónica de la que es urgente liberarse. La mortificación, la transformación del puro material, es una etapa preliminar antes de su eliminación o de la necesaria fusión de un resto de carne con las técnicas de la informática… estructura fisiológica del hombre determina su relación con el mundo: al modificarla, el hombre modifica el mundo. La obsolescencia del cuerpo ratifica las condiciones de la subjetividad.”[17]

Posteriormente tendrá lugar la transformación del artista en Cyborg, en precursor de lo que Stelarc denominó bajo el adjetivo de ‘postevolucionista’, humanidad radicalmente modificada por la tecnología que reemplaza, suple o complementa funciones fisiológicas (‘tecnoevolución’). Humanidad reificada, proteica, interconectada a un ordenador. Humanidad cibernética, como señala Le Breton, donde acontece el fenómeno del ‘cuerpo colonizado’ por la técnica de lo fisiológico, la electrónica y lo virtual.

En “The third hand”, mediante una mano protética fabricada en Japón, incrementa su potencial orgánico al controlar el brazo artificial por medio de los estímulos eléctricos de los músculos abdominales y de la pierna. Al tiempo que emite movimientos reflejos, el cuerpo de Stelarc emite sonidos por medio de una interfaz electrónica.

Stelarc, Suspensions

“Mientras su corazón emite golpes sordos, el artista puede comprimir una arteria e inducir, al relajarla, la salida de un chorro de sangre, que corre de nuevo sin obstáculos…[P]roduce igualmente sonoridades especificas doblando la rodilla, los brazos, etc. Ninguna zona de su cuerpo, escapa al monitoring”.[18]

Para el artista, el cuerpo, no es ya lugar del sujeto, sino un objeto más de su entorno. La visión perspectiva evolutiva en la consideración del cuerpo y de la vida, parece haber agotado su función, en el momento en que el ser humano es liberado de la evolución por medio de la tecnología que invade incesantemente el cuerpo y lo reestructura según las circunstancias.

«El cuerpo ya no es apto para acumular la cantidad de información que circula, señala Stelarc, refiriendo siempre ‘al cuerpo’ y no a ‘su cuerpo’.» [19]

Esta demarcación de exterioridad, respecto al cuerpo, lo distancia y lo diferencia de una manera con otras artistas como Orlan – quizás el mejor ejemplo del vínculo entre arte y la modificación corporal – en tanto que este tipo de artistas, generalmente mujeres, reivindican su propio cuerpo como arma política de liberación del patriarcado y del estigma de la belleza que se ha erguido desde el phallos como cosmovisión dominante.  Contrariamente, su propuesta podría tener mayor conexión con aspectos vinculados a la ciencias cognitivas, cibernéticas o las vertientes epistemológicas post, en el sentido de una co-determinación de la experiencia y la realidad, tanto por la exterioridad como por la estructura organizacional que la soporta:

la estructura fisiológica del cuerpo determina su inteligencia y sus sensaciones, y si se modifica esa [estructura], se obtiene una percepción alterada de la realidad.[20]

 

La obsolescencia del cuerpo:

Considerar al cuerpo como obsoleto, sostiene Stelarc, puede ser visto como el sumum de la locura tecnológica o como la más noble de las realizaciones humanas; sin embargo, concebir aún el la corporalidad como el núcleo del psiquismo o de lo social, para el artista es algo que carece hoy de todo sentido. Su sugerencia, es concebirlo más exactamente como una estructura, controlable y modificable:

La evolución acaba cuando la tecnología invade el cuerpo. El cuerpo no como sujeto, sino como objeto, no como objeto de deseo sino como objeto de diseño. [21]

Le Breton, concluye que el cuerpo es ahora un alter ego del que emanan sensaciones y emociones, un lugar geométrico de la reconquista de uno mismo, o territorio por explorar, al acecho de sensaciones inéditas. Un activo social y económico que debe ser modelado para seducir y obtener el beneplácito de los otros. Un cuerpo, cuyo apasionamiento repentino sobre este, es consecuencia de la estructuración individualista de nuestras sociedades occidentales, sobre todo en su fase narcicista. El cuerpo como dispositivo portátil, ha resultado de la “pérdida de carne” que ha experimentado el mundo para darle solidez a la existencia. Cuerpo que tiende a psicologizarlo y transformarlo en lugar felizmente habitable. Sin embargo…

“…[E]sta preocupación por la apariencia, esta ostentación, esta voluntad de bienestar que lleva al individuo a correr o agotarse, no modifica en nada, sin embargo, la desaparición del cuerpo que reina en las relaciones sociales. El ocultamiento de cuerpo persiste y encuentra su mejor ejemplo en la suerte que corren los viejos, los moribundos, los minusválidos, o en el miedo que tenemos todos a envejecer. Un dualismo personalizado se acrecienta de alguna manera; es necesario no confundirlo con “liberación.”[22]

Stelarc, ExoSkeleton

Sin embargo, no creo que enfrentemos (aún) la ‘obsolescencia del cuerpo’ en tanto, por un lado, probablemente nunca ha existido algo así como un cuerpo original. El cuerpo, antropológicamente, siempre ha sido un lugar de intervención y metamorfosis a partir de ciertas consideraciones simbólicas en torno a la existencia. Nunca ha existido, un cuerpo ‘puro’, más allá de una dimensión mitológica, todo cuerpo humano en alguna medida está investido por una dimensión estética, ya sea el tatuaje, la escarificación, el adorno, el implante o la extensión.

‘Pensar el cuerpo, es pensar el mundo’, afirmaba Le Breton, y en ese sentido,  el punto de partida de cualquier relato, parece ser siempre la propia corporalidad y su acople con el mundo.

Coincido, con José Jiménez, en que lo que vivimos ahora “son formas de investidura simbólica del cuerpo” en tanto es la biotecnología la que está haciendo emerger una nueva narrativa respecto de lo que hemos entendido por humanidad y las categorías que albergaron dicha idea. Sí algo ha de arriesgar la obsolescencia, en este sentido, es  precisamente ese relato que propició una salida posible al malestar posible, donde el cuerpo resultó ser siempre obliterado por un rol ‘accesorio’ donde el problema pudo residir, como señala Sergio Rojas,  en el ‘cómo’ se soluciono primeramente la relación del cuerpo con la vida psíquica: “una domesticación de los deseos, una domicialización de los deseos”.


[1] Pedro Salinas Quintana es el Coordinador  del CEPAC-C / (Círculo de Estudios en Psicología del Arte Contemporáneo) y Editor General de su soporte de difusión electrónica: www.psicologiadelarte.com

Psicólogo Clínico de la Universidad de Santiago de Chile, es Doctorando en Filosofía Mención Estética y Teoría del Arte por la Universidad de Chile (Proyecto Beca Doctoral MECESUP UCH/0705). Contacto: salinas.pedro@gmail.com / psicologiadelarte@gmail.com

[2] Cfr. Michuad, Yves. El arte en estado gaseoso. México: FCE, 2007.

[3] Le Breton, David. Adiós al cuerpo. Buenos Aires: La Cifra, 2007, p-31-32.

[4] Le Breton, op.cit, p.32.

[5] Le Breton, menciona la profusión de los Multiple Personality Disorders en EEUU, es necesario indagar en la efectiva incidencia del fenómeno. Sin embargo, el Yo alienado socialmente, es algo de lo que Laing, ya venia dando cuenta varias décadas atrás. De igual modo, la constitución de un yo identititario consistente, nucleo central de la cognición y la conciencia, ha dado paso a concepciones que tienen como referencia, mas bien, un modo de “organización” en un sistema self. (Ver trabajos de Guidano y Liotti, asi como los fundamentos fenoménicos de la Terapia Gestalt de Perls y Goodman. Ver también la noción de Yo descentrado, presente en la neuro-fenomenología cognitiva de F.J. Varela en base a la fenomenología de la percepción de Merlau-Ponty y el concepto de  Carne)

[6] Cfr. Freud, S. “El malestar en la cultura” en Obras Completas. Madrid: Amorrortu, 2000.

[7] Op.cit p.33.

[8] Op.cit p.33.

[9] Op.cit, p.37.

[10] Cfr. Kernberg, Otto. La agresión y las perversiones en los desórdenes de personalidad. Paidós: Buenos Aires, 1993.

[11] Cashell, Kieran. Aftershock. Londres: IB Tauris, 2009.

[12] Cfr. Re/Search, 1989, citado en Le Breton, p.39.

[13] Jiménez, José. Entrevistado sobre su libro ‘Cuerpo y Tiempo’ disponible on line en http://psicologiadelarte.com.

[14] Jiménez, Jose, 2011, Op.cit.

[15] Le Breton, Op.cit, p.41.

[16] Op.Cit, p.43.

[17] Le Breton, p.52.

[18] Al respecto, se pueden consultar algunos de los desarrollos que el músico chileno Javier Jaimovich está desarrollando en la Universidad de Belfast, en el cruce entre corporalidad, monitoring, emociones y sonoridad.

[19] Op.cit. p.54

[20] Dery, Mark. Velocidad de Escape, Ediciones Siruela, Madrid, 1995, p.165.

[21] Stelarc, citado en Dery, op.cit. p. 184

 

[22] Op.cit. p.56